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Cisneros Grosso Sandra Sofía

Estudiante de Filosofía en la FFyL, UNAM. Estudiante de Derecho en el Centro Universitario de Estudios Jurídicos.

En el presente artículo se presentará un breve análisis donde se resaltan las diferencias del contrato social propuesto primero por Hobbes en su Leviatán y el desarrollado por Rousseau un siglo después, viendo qué noción de naturaleza humana tiene cada pensador.

Siempre he creído que para leer correctamente una obra primero se debe comprender el contexto histórico en el que vivió su creador, pues las ideas no surgen ex nihilo; por más especulativa que pueda parecer la filosofía, las obras de los filósofos están completamente vinculadas con el lugar y el tiempo histórico donde se sitúan. La idea de un contrato social como fundamento teórico del Estado aunque suele pensarse como moderna e incluso contemporánea, no es para nada nueva, sino que es una corriente filosófica que viene desde poco antes de la Edad Media con San Agustín, y abordada ampliamente por Santo Tomás de Aquino.

Sin embargo, conocemos más el contrato social del cual habla Hobbes a mediados del siglo XVII y el de Rousseau en 1762. Con poco más de un siglo de distancia entre ambas obras, cuando se compara un escrito con el otro se encuentra una abismal diferencia del mismo concepto. Hobbes presenció las grandes revueltas que había en su país, Inglaterra, en la primera mitad del siglo XVII; gracias a la Guerra Civil Inglesa, él salió exiliado hacia París, en donde escribió el Leviatán como una respuesta al conflicto de su país, construyendo un fundamento legítimo del Estado absolutista en contra de la crisis política. Por otro lado, Rousseau vivió en el Siglo XVIII, en la plena Ilustración, el famoso Siglo de las Luces que alentó a la Revolución francesa, donde las ideas de monarquías absolutistas y tiranías sonaban como algo que debía ser superado; pues para ese momento se exaltó la razón humana y su capacidad para superar su ignorancia, conocer y construir un mundo mejor y más justo; y en el cual, la idea de progreso estuvo bastante marcada, derivando que el contrato social planteado por Rousseau fuera más optimista por adaptarse mucho más a los ideales de libertad y justicia que se tuvieron en esa época.

Los filósofos, que suelen buscar las causas o las condiciones de posibilidad de las cosas, señalaron que antes de que el hombre se agrupara políticamente tuvo que pasar por un “estado natural”, un estado previo donde no existían leyes civiles o el Derecho. Si encontraban el cómo fue este estado previo y por qué el ser humano decidió asociarse, quizá se encontraría el fundamento del Estado. Veamos si, en efecto, esto es cierto.

Hobbes. El estado natural o estado de guerra

La primera característica señalada en el estado de naturaleza hobbesiano es la igualdad, una igualdad amoral y desafortunada; en aquel estado todos los hombres son iguales en sus facultades de cuerpo y alma.[1] Pero la igualdad es entendida como la capacidad que todos tienen en la misma medida para matar a otros para su supervivencia, nadie -ni siquiera por el uso de su fuerza- puede monopolizar los bienes necesarios para sobrevivir, no existe la propiedad privada; todos tienen la misma esperanza en poder conseguir sus fines para su conservación. El problema con esta condición de igualdad surge en el momento en que los bienes son escasos y hay dos o más hombres que buscan un mismo bien, puesto que aquí surge la enemistad y competencia por conseguir aquel bien y sobrevivir. Causando la desconfianza entre los hombres, porque todos tienen el mismo derecho a reclamar aquel bien y luchar por él, y así comienza un estado de guerra de todos contra todos.

En esta condición, los hombres viven sin ningún tipo de seguridad que no sea la que se puedan proporcionar ellos mismos con su fuerza. Lo único que hay en aquel estado es el constante miedo de morir violentamente a manos de otro. Lo cual hace la vida miserable, “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”.[2] Muchas veces suele citarse con relación a este estado de naturaleza, la célebre frase homo homini lupus (“el hombre es un lobo para el hombre”) para referirse a que el hombre es intrínsecamente malo o “malo por naturaleza”.

No obstante para el pensador inglés, las acciones para sobrevivir que los hombres realizan por su misma naturaleza humana y las pasiones derivadas de ella, no se pueden juzgar o acusar, ya que son amorales debido a que en aquel estado natural todavía no existen las leyes y, mientras éstas no las elaboren, establezcan y, además se instaure un poder común que por medio del temor las haga cumplir, no habrá justicia y por ende ningún hombre podrá ser acusado de ser injusto o malo, ni podrá ser castigado (como en un estado civil),[3] pues todo es válido para alcanzar su propio fin. Al contrario del pensamiento griego, Hobbes afirma que la justicia e injusticia no están por sí mismas en los hombres, sobre esto afirma: “no son facultades naturales ni del cuerpo ni del alma”.[4] Sólo se dan cuando los hombres están en una sociedad. Por naturaleza no hay moralidad hasta que surge una sociedad normada. Por lo cual, mientras no haya un estado civil, se está en el estado de naturaleza que es amoral, sin leyes y sin justicia.

Y, para superar estas malas e indeseables condiciones en las que se halla el hombre cuando se encuentra en su “desnuda naturaleza”, se servirá tanto de sus pasiones como de su razón. El miedo hará que vaya a buscar la paz y el deseo hará que busque vivir cómodamente. La razón, por medio de las Leyes de la Naturaleza que son consejos de cálculo racional para sobrevivir, le sugerirá al humano buscar y preservar la paz con otros hombres cuando sea conveniente y seguroy, lo impulsará a establecer acuerdos entre hombres para que se limite el derecho natural de cada uno y de esta manera se lleguen a pactos que garanticen seguridad, que luego darán lugar a la fundación de un Estado civil fuerte y absolutamente autoritario que “mejore” la calidad de vida, brinde protección y garantice seguridad por medio del terror y la restricción de la libertad primigenia. A fin de que pueda existir este estado civil se establecerá una relación entre un soberano (rey) y sus súbditos en donde la libertad original mencionada quedará casi en su totalidad anulada.

Rousseau y la bondad del hombre

El Contrato social rousseauniano tiene por objeto de investigación el encontrar si existe una regla legítima y segura para establecer un orden civil que se ajuste a la naturaleza de los hombres (tal como son) y a las leyes (tal como pueden ser). En el primer libro, en el cual se dedica a exponer la naturaleza del hombre, menciona que el hombre nace libre (aunque todo lo encadene), pero la razón por la que unos mandan sobre otros es para que exista el orden social, pues este orden no viene de la naturaleza (coincidiendo con Hobbes), sino de la conveniencia y es un derecho sagrado que sirve como base para todos los demás.

Rousseau, posterior a Hobbes, hace una revisión de su obra así como de Grocio e incluso de Aristóteles, para refutar la idea de que el derecho se debe a la fuerza. El pensador ilustrado piensa que la fuerza no garantiza legitimidad, lo que da legitimidad son las convenciones. Y esta convención de la que habla, el contrato social, no pide que el hombre se enajene por completo y enajene todos sus derechos, pues no es posible porque va en contra de la misma naturaleza del hombre que es ser libre y renunciar a la propia libertad significa renunciar a ser hombre. Asimismo, Rousseau argumenta que los hombres no son enemigos naturales, sino que se reunieron para encontrar una forma de asociación que “defienda y proteja con toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes”[5], que es el Contrato social. Declara el filósofo:

“Cada uno pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y recibimos en cuerpo a cada miembro como parte indivisible del todo”.[6]

El acto de establecer un contrato social produce un cuerpo moral y colectivo, una persona pública que toma el nombre de Ciudad o República, un cuerpo político mejor conocido como Estado o Soberano. Los asociados toman el hombre de Pueblo¸ pero cada uno en particular se conoce como Ciudadano. Cuando se pasa del Estado natural al civil por medio del contrato, se sustituye el instinto por la justicia y se brinda a las acciones de la moralidad que carecían antes, por lo que el hombre acude antes a su razón que a sus inclinaciones naturales; sus facultades se desarrollan, sus ideas se amplían, “sus sentimientos se ennoblecen, su alma entera se eleva (…)”.[7] Y si bien, con el contrato el hombre pierde su libertad originaria, gana la libertad civil y la propiedad de todo lo que posee. Si anteriormente la naturaleza hacía a los hombres desiguales por sus capacidades físicas como su fuerza o su inteligencia, el pacto fundamental hace que todos los hombres sean iguales por convención y derecho. Y en caso de que se viole el contrato, cada uno vuelve a sus primeros derechos y pierde su libertad convencional recuperando su libertad natural.

La voluntad general, que es la voluntad de todos los asociados unificada por el contrato, es o debe ser la única que dirija las fuerzas del Estado para que se logre alcanzar su fin que es el bien común. Entonces la soberanía tiene que ser el ejercicio de la voluntad general y el ser soberano, al ser un ser colectivo es un ser inalienable e indivisible. Por lo cual, el contrato social es equitativo porque es común para todos, es útil porque tiene por objeto el bien general, y es sólido porque tiene como base la fuerza pública y el poder supremo.

El gobierno es “un cuerpo intermedio establecido entre los súbditos y el soberano para su mutua correspondencia, encargado de la ejecución de las leyes y del mantenimiento de la libertad (…)”.[8] El poder legislativo es el corazón del Estado y corresponde al pueblo, el poder ejecutivo es el cerebro del Estado y es un agente propio que une la voluntad general y sirve de comunicación del Estado, ambos constituyen la fuerza y voluntad, necesarias para emprender acciones. Y la forma de gobierno que entre líneas se sugiere es la república democrática[9]. Por lo que, el pacto social, que es la asociación civil, es un acto completamente voluntario.

Un concepto con puntos de vista encontrados

Es bastante curioso ver cómo en menos de un siglo las ideas cambian tan radicalmente. Se ha observado como Hobbes tiene una concepción bastante cruda sobre la naturaleza humana, pensando en que en el estado de naturaleza la única igualdad que tienen los hombres es la igualdad para matarse unos a otros para sobrevivir, lo cual hace necesario un soberano absoluto (específicamente una monarquía absolutista) para garantizar seguridad, en donde se tienen que ceder absolutamente todos la libertad y, en donde si el Estado es malo, tiránico, despiadado y cruel no es posible hacer nada, porque no se puede romper el pacto, ya que siempre es preferible el Estado civil antes que el retorno al estado natural.

Rousseau llega a romper esta concepción, confiando un poco más en la naturaleza del hombre, bien decía en su otra obra Emilio o Sobre la educación que el hombre es bueno por naturaleza, pero sin dejar de ser realista que el hombre no está preparado para alcanzar la verdadera democracia. Rousseau apuesta por la República, apuesta por el derecho y las leyes, la justicia, la libertad y la felicidad en vez de un estado absoluto sumamente represivo. Finalmente, apuesta por la razón del hombre.

Ya sea que uno, como individuo, se incline a una u otra posición por sus propias ideas, sigue y seguirá como misterio cuál es la verdadera naturaleza humana más allá de conjeturas.


[1] Thomas Hobbes, Leviatán, Trad. Carlos Mellizo, Gredos, Madrid, 2012, p. 102.

[2] Ibid., p. 105.

[3] Ibid., p. 115.

[4] Ibid., p. 106.

[5] Jean- Jacques Rousseau, El contrato social, Trad. y notas de Consuelo Bergés, Madrid, Gredos, 2011, p. 270.

[6] Id.

[7] Ibid., p. 273.

[8] Ibid., p. 274.

[9] Matizando que la verdadera democracia no puede ser posible.

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